MediaTinta

Ensayos de arte escritos por Frèdèric Durhomme, en los cuales admite sus técnicas para crear textos, así como también, para afanarlos con todo éxito.

XXXX

Santos discípulos

Carl Gustav Jung en su casa junto al lago de Zúrich, en el apacible poblado de Küsnacht, Suiza, pasados los ochenta años de edad. Nacido en 1875, era un psiquiatra del hospital Bughölzi para enfermos mentales de la citada ciudad helvética. Fue el primero en poner a prueba los métodos psiconalíticos de Freud en psicóticos, enfermos más graves que los neuróticos. También fue el que acuño el famoso término «complejo» e inventó pruebas diagnosticadas basadas en la asociación de palabras.

El Freud de austríaco quedó muy impresionado al conocerlo y viceversa. —Jung es como un hijo para mí, es el príncipe heredero del movimiento —escribió conscientemente alguna vez el padre del psicoanálisis. Ya desde el comienzo de su amistad, Jung admitió que tenía sentimientos confusos respecto a Freud.

—Mi veneración por usted, se parece a una «pasión religiosa». Aunque en realidad no me preocupa, me produce cierta repugnancia y una sensación de ridículo a raíz de sus innegables matices eróticos. Este sentimiento deleznable proviene del hecho de cuando era niño fui víctima de un abuso sexual por un hombre al que antaño había venerado —escribió Jung a Freud en una carta fechada el 28 de octubre de 1907.

La respuesta de Freud fue que una «pasión religiosa» puede terminar mal, en una rebeldía. —Haré cuanto pueda para demostrarle que no soy muy adecuado como objeto de veneración —contestó Sigmund. Este tema de ser «como padre e hijo» y la sucesivas críticas que Jung formuló en contra de las teorías de Freud, hizo que éste pusiera en evidencia una independencia de criterio que generaba una resistencia ante lo inconsciente y un deseo de aniquilar al padre.

En 1913, la ruptura entre ambos fue definitiva. Freud envió una carta a Jung en la que decía: «Su alegato de que trato a mis seguidores como pacientes es evidentemente falso. Es una convención entre los analistas que ninguno de nosotros debe sentirse avergonzado de su propia neurosis. Pero usted que, mientras se comporta anormalmente, sigue gritando que es normal, da sustento a la sospecha de que le falta asumir su enfermedad. En consecuencia, propongo que abandonemos nuestras relaciones personales enteramente».

Esta es la clásica historia del alumno que rompe con su maestro, del borrego que bifurca su destino en pro de desarrollar sus propios caminos que una vez comenzó junto con su pedagogo. Ideal del maestro es —conviene decir— aquel discípulo que aprendida sus herramientas puede construir por sí solo, sin la mano paternal del educador. Es el «puedo enseñarte a volar pero no seguirte el vuelo» que una vez Zitarrosa cantó en Mi mayor.

Frèdèric Durhomme tuvo un alumno, un seguidor. Se llamaba Auguste M’Hìjo Débutants y quería ser escritor como él. Una buena tarde de domingo, en el Jardin des Plantes de París, ambos se encontraron para verificar las capacidades literarias de M’Hìjo.

—Cuénteme compañero qué tiene para mostrarme —manifestó Frèdèric

—Tengo un…

—Empiece por el que más le guste.

—Tengo un pequeño relato de un caballero que venera a su amada.

—Ajá. Lea, lea —pidió Durhomme mientras se cebaba un mate. M’Hìjo ordenó sus apuntes y leyó en voz alta.

—¡Oh flor de la caballería que con sólo un garrotazo acabaste la carrera de tus tan bien gastados años! Sólo mira cómo se menea, cómo le gusta caminar. De quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay pensar morir de ferida alguna pero mayores secretos pienso enseñarte y mayores mercedes hacerte si sólo observas su cabalgar suavecito como la marea, su mirada, oh escudero mío, te puede matar.

—Sepa vuestra merced, que esta hermosa Jarifa por quien yo he hecho, hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean ni verán en el mundo. Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, mire cómo va gozando, cómo suena su cascabel. Non fuyan las vuestras mercedes, ni teman desaguisado alguno, ca a la orden de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto más a tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran que su pasito me está envenenando y se pierde al anochecer, hasta el alba de estas tierras.

—Os pido en ahogado grito, indómito Dios que acude a salvaguardar mi retaguardia en súbita tiniebla mora, que no la dejes ir, ¡no! os ruego ante los cielos, que no la dejes ir. Preguntarais por qué y en verdad que mi humildad engalana de noble cortesía y con la simpleza del trote de un huso de Guadarrama, os digo, os respondo ante vos: pues porque os lo digo yo.

—¿Quién es? cuestionarás. Dichosa pregunta hará inflar mi armadura de orgullo, de cuando se me llena el pecho de ventura valentía ante el ataque soez bárbaro, para decir ante los molinos del tiempo y la eternidad de mis sueños, que es Violeta, aquella bella señora de ámbar y algalia entre algodones que se va sin decir adiós.

—No la dejes ir, pido de rodillas antes el maíz que ha puesto Belcebú, no la dejes ir. Pregunta por qué moro pagano y os diré que os lo digo yo. Anímate y osa a preguntar quién es y repetiré como olas de un río embravecido que es Violeta, la bella moza que se lleva mi corazón.

—Tiembla la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos cuando baila como un terremoto. Bien parece la mesura en las fermosas y es mucha sandez además la risa que de leve causa procede; esa cintura que me hace temblar pero non vos lo digo porque os acuitedes ni mostredes mal talante, que el mío non es de ál que de serviros pues tiene un feeling que me vuelve loco. Pero, sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas y yo no me puedo controlar.

—Sólo pido que mires como sube y baja como si se fuera a romper en plena batalla, en pleno andar del enemigo zoez y baja canalla. No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios, que no lo haré otra vez, y yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con el hato. Es que confieso que me corre un frío por la espalda y mal parece tomaros con quien defender no se puede, admito que yo no sé lo que voy hacer.

—¡Oh! tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina poesía que no la dejes ir, os pido que no, no la dejes ir. Pregunte otra vez, señor mío; por la hidalguía de Dios, que por qué, y yo confiero según los usos de la caballería que es porque te lo digo yo. Mi dama es la más hermosa sobre la tierra o pronto verán el pago que lleváis de vuestra sandez y demasía, el desfacedor de agravios y sinrazones, y a Dios quedad, y no se os parta de las mientes lo prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada.

—Pregunta quién es y será gran prudencia dejar pasar el mal influjo de las estrellas que agora corre. Mirábanme las mozas y andaban con los ojos buscándome el rostro, que la mala visera me encubría; mas como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera de mi profesión, no pudieron tener la risa y fue de manera que fui a correrse y a deciros: Violeta, que se lleva mi corazón.

El silencio se apoderó del jardín. La gente miraba cómo M’Hìjo gritaba. La policía observaba. Frèdèric cebaba.

—¡Pero M’Hìjo! —inquirió Durhomme —¡Tranquilícese! ¿Qué otra cosa tiene para mí?

—Un relato o bueno, el comienzo de una novela.

—Ajá —dijo Frédèric luego de tomar un mate. —¿Cómo se llama?

—Auguste.

—No M’Hìjo, su novela.

—¡Ah! Se llama «¡Tocan!»

—¿A dónde? ¿¡Quién es!?

—No, «Tocan» se llama la novela.

—Claro M’Hìjo, era para ver si estaba atento. Lea, lea. —Y Auguste leyó.

—El 12 de octubre de 1992, una camioneta modelo Unfairchild 571 perteneciente a la empresa Fuerza Fletera Uruguaya partió desde la zona de Tres Cruces transportando al grupo de heavy metal «Old Satanics» que se dirigía a realizar un show en Aigúa, Maldonado, junto a su par «Old Gores».

—Partieron por la ruta ocho y pararon en Minas por el mal tiempo y la espesa niebla. El viaje continúo hasta que en la noche del 13 de octubre, cerca del arroyo Los Tapes y debido a un fatal error de conducción del chofer, la camioneta se va contra la banquina, avanza a unas tres cuadras campo adentro hasta detenerse en el medio de la pista de un baile de campaña. Por las ventanas rotas, fuertes cumbias entraban y la terrajada se sentía hasta los huesos. Los sobrevivientes, quedaron varados en la pista por 72 horas.

—Esta es la historia de los llamados «Sobrevivientes de los Tapes»: ¡Tocan!, el triunfo del oído humano.

—Aja. Y ¿cómo sigue? –preguntó Frèdèric.

—Bueno, debido a la intensa cumbia reinante, los sobrevivientes se ven obligados a tapar las ventanas para que no ingrese la más mínima estrofa tropical. Cuando la falta de rock se hace insoportable, deciden tocar sus propios instrumentos como única manera de sobrevivir.

—Y ¿entonces?

—Realizan varias expediciones para buscar un teléfono pero la mayoría fueron un fracaso. Incluso uno de ellos no regresó jamás al ser abatido por una lugareña que lo agarró para bailar en pleno estribillo de «Qué tiene la noche» de Sonido Caracol.

—¡Bárbaridad!

—Finalmente, elijen a dos integrantes, Fernando Barrado y Roberto Panessa, para lograr una expedición final en busca de la cabina telefónica en la cantina del baile. Cuando están llegando a la barra, se encuentran con un seguridad que tenía una remera de Metallica. Uno de los expedicionarios, le tira una botella de plástico con vino adentro a la que le ató un pañuelo en el que escribió: «Vengo de una camioneta que se chocó en las sierras. Soy montevideano. Hace 20 minutos que estamos caminando. Tengo un amigo bailando en el medio de la pista. Tenemos que salir rápido de aquí y no sabemos cómo. No tenemos cassettes. Estamos llenos de azuquita pa’l café ¿Cuándo vendrán a buscarnos? Por favor. No podemos ni escuchar. ¿Dónde estamos?»

—Ay, qué horrible, —bociferó Durhomme.

—También por ahí tengo pensado, el drama de los padres de la banda buscándolos. Hago hincapié en uno de ellos, el padre del bajista, pintor de casas, de esos que te piden para darse una ducha en tu baño al final de cada jornada. Se hizo famoso años después, pintando toda una casa grande como un pueblo, cerca de Punta del Este, al que todos admiraban cuando en realidad sabían la porquería snob que era.

—Ajá, pero no se me vaya de la historia. ¿Qué pasó al final? —preguntó Frèdèric.

—Los rescataron y la noticia recorrió el país. En las décadas siguientes, cada músico dio conferencias sobre el oído humano y la supervivencia en ambientes terrajas. Libros escribieron y documentales hicieron. Una industria basada en esas setenta y dos horas de supervivencia.

—Comprendo. Ahora me pregunto ¿por qué demoraron tanto en salir de ahí?

—Confiaban en que vinieran a rescatarlos.

—Pero se confiaron muchas horas.

—Si, es cierto. Si hubiera sido por mí, hubiera salido antes de ese lugar.

—¿No cree que los personajes tenían una vida un tanto cómoda como para quedarse de manara tan… pasiva?

—Tal vez. Sin embargo…

—Disculpe, eso de las conferencias, libros y documentales ¿no son una manera de explotar una experiencia que a la postre, fue trágica?

—Si, pero…

—Sépame disculpar pero esa dicotomía Rock-Cumbia, ¿no es un tanto discriminatoria?

—Exacto —dijo Auguste. —Mediante el recurso de cierta exageración o caricaturización de la historia, me es útil para denunciar estas cosas.

—Pero M’Hìjo, no cambiará el mundo con esto.

—Al menos lo intento.

—Intente contarme el otro cuento.

—Es que no tengo más. Me resulta difícil pensar en algo nuevo ¿Cómo hace usted, Don Frèdèric?

—Bueno mire, usted coloca ¾ de yerba, le pone agua fría y…

—Le pregunto cómo hace para escribir.

—Comprendo. Bueno M’hijo, mire, ¿usted cree en Dios?

—Sólo creo en lo que escribo.

—Bien. Primer error. No crea en lo que escribe ¿Cómo va a creer en algo que usted inventó? Es como esas personas que dicen «sólo creo en mi propia religión». Insisto ¿cómo va a creer en algo que usted inventó?

—Pero entonces nadie creería en nada.

—Una cosa es creérsela uno mismo y otra es hacer creer a los demás.

—Entiendo. De todas maneras, me preguntaba si creía en Dios.

—Le decía, las ideas no vienen iluminadas desde el cielo, ni siquiera son llamas del infierno. ¿Usted ha caminado por París?

—Si claro, vivo acá.

—He caminado tanto París como adoquines de mi Montevideo. Y ¿sabe? la creatividad es como una ciudad y las buenas ideas viven en alguna casa perdida. Usted jamás sabrá a priori en qué puerta estará viviendo la gran idea, esa idea que hará expresar sus emociones en forma de arte.

—Y ¿cómo hace usted para encontrar a esa gran idea?

—Golpee puerta por puerta. Investigue. Recorra los barrios de la creatividad, los burdeles de su subconsciente y los puentes de su locura sobre absurdos riachuelos. Evite las zonas turísticas de su creatividad. No encontrará ahí más que lugares comunes, ideas ya pensadas e incluso éxitos y fracasos ajenos. Vaya por esas calles que ni un taximètre lo llevará; pero camine y camine mucho, golpee puerta por puerta y haga sonar cada timbre. En el momento menos pensando, algún appartement prenderá el farol de la buena idea para que lo haga pasar a los cómodos sillones de la inteligencia.

—¿No es erudito de más en lo que dice?

—No sea nabo M’Hìjo. La inteligencia es su principal capital. Tener una idea es tener poder.

—Bien, lo vengo siguiendo. Ahora, usted me quiere decir que para llegar a una buena idea hay que caminar y mucho ¿es así? —preguntó Auguste.

—Exacto, no hay métro que nos brinde el atajo.

—¿Y la experiencia?

—La experiencia M’Hìjo, es apenas caminar un poco más rápido y saber de antemano, que algunos faroles jamás prenderán.

—Entiendo. Por otro lado, mi prometida, Marie, me dijo que cuando leyó mis apuntes, juró haberlos leído en otro lado.

—Es posible —confesó Durhomme.

—Pero yo no leo ningún libro, ni una novela. No me quiero sentir influido.

—¡Pecado! —gritó Frèdèric. —El buen artista mira, lee, escucha y siente todo alrededor. El mundo de los otros artistas es también su mundo.

—Pero temo de copiar.

—Tema de no saber qué pasa y de escribir algo que ya está escrito. Usted debe tener el suficiente conocimiento de no cometer el error de escribir la Divina Comedia por segunda vez, sólo porque no sabía de la existencia de ésta.

—Je comprends.

—Lea mucho. Aprenda. Déjese influir. La influencia no es mala, sólo es un cimiento para esa casa que albergará a su obra. Lea mucho. Aprenda. Déjese de ignorar lo que el hombre ya ha hecho y busque, entre appartement y appartement, ese farol que sólo usted sabrá prender e iluminará a aquellos que están en esa oscuridad.

—Luciérnagas atraídas por la luz.

—Exacto. Las mentes curiosas y sensibles a esa luz, luz que es su arte. Mas le advierto que el buen artista es también un buen fotógrafo.

—¿A qué se refiere?

—No se sobre exponga, no ilumine demasiado. Tampoco oscurezca. Haga un buen contraste. Dé la suficiente luz como un faro en el mar. Deje que el lector llegue por sí solo al puerto que necesita amarrar. Enseñe a volar pero no siga el vuelo.

Auguste y Frédéric tomaron el último mate. Fueron en busca de algún caffè para más agua caliente. El sol se iba. Los faroles de París se encendían.

§

Muchos años después, Durhomme asistió a la fiesta de quince años de una sobrina nieta lejana que vivía en Río IV, en Argentina. Se le pidió al escritor que apelara a su facilidad literaria y dijera unas palabras alusivas al festejo. Frèdèric —empañado en Fernet— apenas atinó a tantear su bolsillo para sacar aquel viejo apunte que M’Hìjo Débutants le enseñó años atrás.

Durhomme leyó lo que pudo. La gente apenas aplaudió un tanto desconcertada. La festejada sólo preguntaba «Y este tipo ¿quién carajo es?» (tiempo después, Franz Buck Veingheimer, biógrafo del escritor, comprobó que Frèdèric se había confundido de fiesta). Sin embargo, uno de los invitados, tomó nota de aquel barroco cuento de Auguste M’Hìjo Débutants.

—Ché, esto me suena —confesó nuestro escritor un año después cuando en un 427 escuchó la siguiente canción.

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  1. El 25 de Noviembre de 2009, a eso de las 18:40,
    Miss Marple apuntó que:
    1

    Mi querido Monsieur Durhomme:

    Sentada aquí en el jardín de mi casita de Saint Mary Mead, mirando los rododendros en flor, le agradezco a la vida contar con usted como amigo. Es un honor ser la primera en leer sus escritos antes de que los lleve a la imprenta, honor que he querido compartir con Charlie mi fiel jardinero.

    Ambos hemos coincidido en que su genio tal vez por ahora incomprendido, lo llevará a las más exquisitas delicias de la vida que son mucho más que el éxito comercial. Apreciar el arte, la literatura, la música, los grandes genios del espíritu y especialmente la comedie humaine,y saberlos conjugar en un texto con humor y humildad, es un privilegio sólo «pour la minurí». Como dirían Les Luthiers, este es «flor de blosss»

    Un día, tal vez pronto, nos encontraremos en el Jardin de Plantes y tomando unos mates, analizaremos mejor la obra de su joven y naïf alumno. Me despido acá, porque el matrimonio que cuida la finca compuesto por Mrs Glendita Jackson and her husband, un poco más calmados ahora que ven a sus quintillizos crecer en perfecto estado de salud, requieren de mi presencia.

  2. El 25 de Noviembre de 2009, a eso de las 18:57,
    2

    Queridísima Miss Marple:

    ¿Aún prepara esas exquisitas tartas de manzanas de la cual me atoré una vez y fui salvado por el amigable y descongestionante espaldarazo que me dio su buen jardinero Don Charly y que me dejó hecho una Cé mayúsculas sans serif por las siguientes dos semanas?

    Mis más cariñosos saludos a ambos.

  3. El 25 de Noviembre de 2009, a eso de las 20:34,
    Severino apuntó que:
    3

    ¿Qué decir de éste precioso original que tengo el placer de leer?, me parece mejor recordar en estos momentos la cándida relación que tuvo Durhomme con sus discípulos.

    Asistí cierto día por ejemplo a una de sus lecciones, vividas en carne viva por uno de sus aprendices, cuando sobre su manecita el viejo vertía el agua pronta para el mate; demostrándole así que tan caliente se debía preparar la infusión. (En otro momento sería bueno contar como adquirió la costumbre del mate nuestro escritor).

    Se cuenta en «Shidarta» que al hallarse en presencia de un iluminado, habiendo reconocido su santidad en cada uno de sus gestos, llegó a comprender que cualquier cosa que éste pudiera decirle le sería inútil pues sólo alcanzaría dicha sabiduría haciendo su propio camino. Quizá sea cierto que sólo se aprende de la propia observación, pero había que ver cómo gritaba aquella criatura!

  4. El 25 de Noviembre de 2009, a eso de las 21:05,
    4

    Estimado Don Severino:

    ¿Recuerda usted las afamadas galas literarias en aquel pueblito de Lavalleja? Fue cuando conocí su maravillosa biblioteca de conocimiento, en especial la referente a la influencia papal en la Mongolia del siglo XIV.

    Recuérdome, cuando afirmó —e incluso re-afirmó golpeando la mesa— (que a la postre tuvo que reparar con cinta pato) que (cito) «Gengis Kan era católico y ¡de los apostólicos romanos! Su cruzada no fue otra cosa más que llegar hasta Roma para pintarse un fresco en la puerta del Vaticano».

    Todos se rieron menos yo —el titular de mi cédula de identidad— mientras le arrimaba trozos de cinta pato a lo que usted murmuraba: «vámosno a otro lado que si cuento la de Napoleón con Lech Walesa, nos matan».

  5. El 26 de Noviembre de 2009, a eso de las 00:56,
    Marinarrosa apuntó que:
    5

    Frèdèric:

    Conozco a mucha gente de Lavalleja debido a las tradicionales excursiones que organiza mi Agencia de Turismo a la ciudad por siempre bonita pero más linda en abril, pero nunca vi a Don Severino.

    Ecoute moi, Frèdèric: Severino no es el mismo que dio esa charla sobre Gengis Kan. Podría haber sido Edgard de la Rose vestido de Hugh Heffner :) pero Severino, no.

    Lo interesante de la página de hoy es ese dato sobre la infancia de Jung, del que he leído varias obras. Explica en parte su distanciamiento de Freud, aunque me parece que es más que una pelea de padre e hijo, ya que sus teorísa de los arquetipos se aleja mucho de la teoría de Freud sobre el inconsciente.

    A propósito, me pareció muy creativo de su parte ilustrar con las cartas del tarot que están basadas en mitos antiguos y muy interesante la inteligente y astuta pregunta de Severino: ¿cuándo y cómo aprendió a tomar mate? ¿fue su maestro el fotógrafo canario?

  6. El 27 de Noviembre de 2009, a eso de las 17:11,
    Edgard de la Rose apuntó que:
    6

    ¡Ja! ¡La clásica señorita que confunde a la gente como uno! Me he codeado con Mr. Durhomme del Pub Swan, London, England, compartiendo una Ale… o más.

Madame/Monsieur Éditeur:

Como havíamos hacordado en la entrebista en la que usted y yo protagonisamos en el puterío de mala muerte burdel de la calle Saint Trè Putain y antes de que manchara los manuscritos con grandes haureolas violasias-bordeaux de vino berreta —las cuales acusó como «meras manifestaciones de un neoplasticismo amanerado»—, adjunto en este sobre los borradores de mi último texto cuento, «Santos discípulos», del cual congeturo que ya abrá tenido la gentilisa de leer.

Cabe recordar que los tectos nunca son para nada perfectos: pueden tenerfaltas de calcio órtografia, sintaxi s de errores, contaxis, joya nunca etc., o carentes ser de contenido aLguno como son las pajinas en blanco ahora poner la parte en que el tipo puede escribir un comentario

Le rogamos al lector, que en caso de anhelar la publicación de una observación, apostilla, nota, comentario, glosa, coletilla, postilla, pastilla, tableta, comprimido, expandido o blíster, tenga la amabilidad de enviarnos una carta al Apartado de Correos bsnsmseinte mnsdueve sfbvmsfydos mnsdueve bzbzbszinco fbszbsfiez tresochodos.

Por otro parte, anecso junto a este sobre sinco mil francos en pro de amortiguar los daños que en forma de vino, la tela de la gran puta su traje absorvió con todo éxito.

Recevez mes salutations distinguées:

Frédéric Durhomme.

23 de enero de 2010

Monsieur Frédéric Durhomme

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